La tarde cayó despacio en la Biblioteca Marchena Aguaderas, como si también ella quisiera quedarse a escuchar.
Nos sentamos alrededor de la mesa con Fosca entre las manos, ese libro que no ilumina, sino que ahonda; que no nombra, sino que sugiere. Y en ese claroscuro, donde lo dicho pesa menos que lo intuido, fuimos entrando, casi sin darnos cuenta, en su respiración lenta.
Inma Pelegrín nos llevó por ese territorio donde la palabra es un hilo fino, donde la memoria roza y se retira, donde la emoción no estalla… se queda.
Y así, entre páginas y miradas, el club de lectura se volvió un lugar suspendido, un instante contenido, como si el tiempo también se hubiera quedado en silencio.
Porque hay libros que no terminan al cerrarlos.
Se quedan.
Como una sombra suave.
Como Fosca.
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