Según Álvaro Cortina, 'La barraca' se enmarca dentro del primer periodo de Blasco Ibáñez llamado valenciano, o regional, azotado por esa luz proverbial de sábana al viento de la que Joaquín Sorolla hizo técnica y paisaje.
Retrata a gentes humildes sufriendo gravosos extravíos, radiografiadas a la manera naturalista tan en boga por aquel entonces, en la estela de Zola y Pardo Bazán. Refleja los regadíos costeros de levante, las vegas panorámicas, limpias, sembradas por barracones donde habitan los trabajadores del huerto. Lo telúrico, el arraigo de la familia en la tierra propia, el humilde y el trabajo, su derecho sobre la posesión. Blasco Ibáñez fue un hombre de soflamas enardecidas. Asumió su papel de voz del pueblo y situó al humilde en su geografía, señor de su propio paisaje.
Como señalan Oleza y Lluch, las novelas valencianas proceden de un mismo taller. Se inician con un primer capítulo generalmente brillante, un estudio del medio en que se desarrollará la acción, que instala al lector en un escenario en el que resuena la ciudad entera. Lo habitual es, además, que este primer capítulo utilice para su observación del medio un procedimiento itinerante, la entrada en la ciudad, al amanecer, el recorrido por el mercado, obedeciendo el primer mandamiento del método experimental, o naturalista: la observación del medio. Es la fábrica de sogas en 'La desheredada', de Galdós, recorrida por Isidora en busca de su hermano; o la panorámica de Vetusta desde lo alto de la torre de la catedral atalayada por el catalejo del Magistral.
La intriga es, sin duda, la herramienta más importante del taller de Blasco, que a lo largo de toda su obra es, sobre todo, un contador de historias, un narrador seducido por el acontecimiento y su circunstancia, por la embestida, la subversión, el desorden que el acontecimiento está destinado a producir en el medio.
Para Blasco narrar es pasar de una situación inicial a una final por medio de la transformación de significados que los acontecimientos provocan, y en esta época esa transformación tiene siempre que ver con la lucha por la vida, como en 'La barraca'.
La lucha encarna una dialéctica de energías antagónicas, sin posibilidad de síntesis, cada una con su propia razón inalienable. Esté del lado que esté Blasco, el antagonismo es inevitable: de un lado los derechos individuales de Batiste, del otro los derechos de clase de la comunidad campesina.
'La barraca' es ideológicamente naturalista, pues expresa esa imposibilidad de pacto entre individuo y medio en que creyó el realismo, y que constituyó la base de apoyo del sistema liberal. La desconfianza en los poderes del individuo, que acompañó a la crisis del sistema liberal, se traduce en el naturalismo por su simplificación drástica del complejo mecanismo de la vida, regido ahora por leyes supraindividuales que emanan de la especie y del medio, y que le empujan a adaptarse o, de lo contrario, lo destruyen.
Esos desenlaces trágicos de las novelas valencianas, en los que el protagonista se ve sobrepasado por la fuerza del medio, por las energías inhumanas de la naturaleza o por el engranaje deshumanizado de la civilización, son programáticamente naturalistas. Pero tanto en la técnica como en el universo narrativo afloran rasgos propios de la formación romántica de Blasco Ibáñez y la novela de folletín.
El éxito de la novela, según Alejandro Gamero, se debe a la habilidad de Blasco Ibáñez para proyectar una serie de conflictos a una dimensión universal partiendo de un entorno y unos personajes localistas, muy cerrados y limitados. La historia va más allá del mero localismo comarcal y cuenta la lucha pesimista del individuo contra el entorno, el odio macerado de la incultura y la avaricia y, en niveles más profundos, la lucha revolucionaria contra la corrupción y las injusticias sociales y a favor del cambio en los medios de producción.
Fuente: cadenaser.com
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